Triduo en honor de María Santísima del Consuelo. Día 3

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En el tercer y último día de nuestro Triduo a María Santísima del Consuelo, nos volvemos a unir en oración como hermandad y como comunidad parroquial entorno a nuestra Madre María.

Después de estos días viviendo de una manera diferente nuestro triduo, le damos gracias a María, Nuestra Madre Buena, por los momentos compartidos junto a Ella y por recordarnos que es Dios quien une nuestros corazones. A Ella es a la que siempre recurrimos en los momentos más difíciles, para que su Hijo nos dé fuerza para poder superarlos.

En el Evangelio de hoy, vemos cómo Marta y María le piden ayuda y consuelo a Jesús ante la enfermedad y la muerte de su hermano Lázaro.

Jesús resucitó a Lázaro de entre los muertos; Jesús mismo resucitó de la muerte a la vida. — Nuestra vida de resucitados comenzó en nuestro bautismo, y esta vida eterna tiene que crecer y seguir resucitando hasta después de nuestra muerte. Dios nos resucita. Jesús nos pregunta hoy: ¿Crees esto? Y nosotros respondemos con Marta: “Sí, Señor, yo creo”.

Jesús, hoy, se nos muestra como la resurrección y la vida. Como resucitó a Lázaro de entre los muertos, así nos hace participar ahora en su vida resucitada y nos resucitará en el día del juicio. Es nuestra tarea también llevar a los hermanos a la plenitud de vida.

Y le pedimos al Señor que nos enseñe a ser como su Madre, creyentes, a ser consuelo y esperanza para todos sus hijos, nuestros hermanos que nos necesitan en esos momentos en que no entendemos nada. Y que seamos como es María, una madre que nos mira a los ojos y nos abraza.

Ofrecimiento a la Virgen.
Hoy ponemos a tus pies, Madre, esta mantilla blanca, y esta pañoleta como símbolos de sencillez y alegría, dos valores que tu Hijo transmitió, con su Vida y su Palabra, a aquellos que se le acercaban. Y, a su ejemplo, nuestra Hermandad quiere transmitir a todos cada día.

Con estos símbolos, también ponemos en las manos de nuestra Madre María Santísima del Consuelo a todos los niños de nuestra Hermandad y a las hermanas que visten de mantilla.

En este nuestro último día, Madre, queremos poner a tus pies los nombres de dos de nuestros hermanos que partieron este año a la casa del Padre: Gloria y Daniel. Y con ellos a todos aquellos hermanos difuntos de nuestra Hermandad.

EVANGELIO: Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7. 17. 20-27. 33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.

Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día».
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».

Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor

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